CAMINAR CON CONSCIENCIA, PRINCIPAL OBJETIVO


Ayer, en la hora del almuerzo compartía con algunos compañeros de trabajo la importancia de caminar con consciencia, conversación que nos permitía concluir  como el andar en este estado nos permite trabajar por nuestro ser y por nuestros diferentes cuerpos.

Y es precisamente el trabajo por nuestro ser en sus diferentes aspectos el tema central de este querido blog. El “Amor” me permite contantemente investigar y estudiar diferentes temas para así tomar consciencia de mi naturaleza “De la naturaleza toda la humanidad”. Esta semana quiero presentar este artículo que prepare de un interesante libro de “Carl Gustav Jung - los complejos y el inconsciente” como una invitación a que conozcamos que es la consciencia y su relación con el inconsciente, empecemos entonces.

¿Qué es la conciencia? Ser consciente es percibir y reconocer el mundo exterior, así como al propio ser en sus relaciones con este mundo. No es éste el lugar para hablar del mundo exterior, ya que el objeto propio de este Blog es el camino al corazón, y cuando me refiero al corazón estoy hablando de nuestro interior. Entonces Verse en las relaciones con el mundo exterior significa reconocerse a sí mismo en su ambiente. ¿Qué es este “SÍ MISMO”, Es, ante todo, el centro de la conciencia, el “yo”. Cuando un objeto no es susceptible de ser asociado al “yo”, cuando no existe un puente que una el objeto con el “yo”, el objeto exterior  es inconsciente; es decir, que para aquél “yo” es como si no existiera. Por consiguiente, se puede definir la conciencia como una relación psíquica con un hecho central llamado el “yo”.

¿Qué es el yo? El “yo” es una magnitud infinitamente compleja, algo como una condensación y un amontonamiento de datos y de sensaciones; en él figura, en primer lugar, la percepción de la posición que ocupa nuestro cuerpo material en el espacio, tengo frío, tengo calor, tengo hambre, tengo sed, etc., y luego la percepción de estados afectivos ¿estoy excitado o tranquilo?, ¿me es agradable o desagradable tal cosa?,  etc.; el yo implica, además, una masa enorme de recuerdos: si mañana yo me despertara sin recuerdos, no sabría quién soy. Necesito disponer de un tesoro, de un fondo de recuerdos, que son como relaciones o notas que informan sobre lo que fue.

No podría haber conciencia sin todo esto. Sin embargo, el elemento esencial parece ser el “Estado afectivo”: cuando estamos dominados por un “afecto” es cuando tomamos conciencia de nosotros mismos con mayor agudeza, cuando nos percibimos a nosotros mismos con mayor intensidad.
Hay gran número de seres que no son sino parcialmente conscientes; incluso entre individuos muy civilizados, se encuentra un número importante de sujetos anormalmente inconscientes, para los que una gran parte de la vida transcurre de forma inconsciente. Saben lo que les pasa, pero sólo imperfectamente se representan lo que hacen y lo que dicen. Son incapaces de percatarse del alcance de sus acciones; ¿qué es, en definitiva, lo que les hace conscientes?.

Si sobreviene un hecho inesperado o chocan con alguna costumbre, con una enfermedad, quiebra, accidente, separación, adicción de la que decimos toco fondo o con algún hábito firmemente establecido, y si esta colisión provoca fatales consecuencias, la luz se hará en su espíritu, iluminando los motivos de su acción, haciéndoles sobresaltarse y convertirse en conscientes.

Muchos seres humanos no llegan a ser conscientes sino de esta forma, pues el “yo” sólo es intensamente consciente en el curso de momentos “afectivos” de esta naturaleza. Del mismo modo los animales sacan enseñanzas, sobre todo de los estados “afectivos”; cuando, por ejemplo, un animal ha comido algo bueno, o cuando ha recibido una caricia o cuando ha recibido un fuerte golpe ó gran maltrato, queda en él una impresión que le deja huella, amalgamándose con las otras experiencias de la misma naturaleza, una cierta continuidad. Por esta razón es preciso considerar que también los animales, en cierto sentido, tienen un “yo”.

Como se ve, este “yo” previo es una condición de toda conciencia. Dentro de esta relación es importante ser egoísta o egocéntrico, al objeto de la toma de conciencia de “sí mismo”. El egoísmo, hasta un cierto grado, es una pura necesidad. Sin este poderoso impulso fundamental no podríamos mantener nuestra conciencia y volveríamos a caer en un estado de penumbra.

Difícilmente nos hacemos una idea de ello, pero observen a un primitivo y constatarán que, si no es animado por algún acontecimiento, nada se produce en él; permanece sentado durante horas en una inercia total; si le preguntamos en qué piensa, se ofende, pues pensar es a sus ojos una cosa de los locos. No hay, pues, motivos para suponer que en él se agite un pensamiento; sin embargo, su estado está asimismo muy lejos de ser un estado de reposo absoluto; el inconsciente ejerce en él una actividad vivaz, de la que pueden brotar ideas repentinas e interesantes, pues el primitivo es un maestro en el “Arte” de dejar hablar a su inconsciente y de prestarle una fina atención.

Ahora cuando nos referimos al inconsciente, debemos entender que  este no es asequible, precisamente porque es inconsciente. Es cierto que hay personas que no temen afirmar: “El inconsciente carece de secretos para mí; le conozco como a la palma de mi mano.” Yo les respondo: “Usted quizás ha recorrido todo su consciente, pero su inconsciente lo desconoce completamente, pues el inconsciente es en verdad inconsciente; es, precisamente, aquello de lo que no estamos informados.”

No olvidemos este preámbulo; pues el término de “inconsciente” se utiliza con despreocupación, hablando, por ejemplo, de datos inconscientes, de ideas, imágenes, fantasías inconscientes, etc. El inconsciente, en cambio, no nos es directamente asequible; es preciso recurrir a métodos especiales que transfieren a la conciencia los contenidos inconscientes.

El inconsciente, es un estado constante, duradero, que, en su esencia, se perpetúa semejante a sí mismo; su continuidad es estable, cosa que no se puede pretender del consciente. El inconsciente no por ello deja de proseguir su actividad, es decir, su sueño perpetuo. Mientras escuchamos, hablamos o leemos, nuestro inconsciente continúa funcionando, aunque no percibamos nada. Con la ayuda de métodos apropiados se puede demostrar que el inconsciente teje perpetuamente un vasto sueño que, imperturbable, sigue su camino por debajo de la conciencia, emergiendo a veces durante la noche en un sueño o causando durante la jornada singulares y pequeñas perturbaciones.

Ciertas personas, dotadas de una poderosa intuición y de la facultad de percibir sus procesos interiores, o al menos de presentirlos, pueden también observar fragmentos de “tal sueño” en estado de vigilia con tal claridad, y descripción, que  bajo forma de ideas repentinas se puede mostrar que estas briznas se revelan durante la vida diurna por síntomas, perturbaciones del lenguaje, actos fallidos y que todas estas perturbaciones tienen entre sí secretas relaciones, a manera de raíces subterráneas entrelazadas. Los  contenidos del inconsciente necesitamos dividirlos en tres clases, veamos:

1. Los contenidos inconscientes asequibles están hechos de elementos de los que podríamos tener también conciencia, aunque, en general, no la tengamos. Hay una multitud de cosas que efectuamos inconscientemente. Si yo le pregunto, por ejemplo, a cuántas personas se ha encontrado usted por la calle hoy o a cuántas ha evitado, usted no es capaz de darme una respuesta, pues no ha prestado atención y no puede acordarse de ello. 
2. Los contenidos inconscientes mediatamente asequibles son ya más generales. Sin duda, a todo el mundo le ha ocurrido alguna vez, por ejemplo, conocer el nombre de una persona y no poderlo recordar; como suele decirse, se le tiene “en la punta de la lengua”, sin lograr, no obstante, pronunciarlo: de momento es inasequible. Con la ayuda de pequeños recursos se consigue cazar al fin el nombre escurridizo. O bien se hace un nudo en el pañuelo para recordar al verlo que se ha olvidado tal o cual cosa, lo que constituye ya un recuerdo mediato.

3. Pasemos a los contenidos inconscientes inasequibles. Pueden existir en número indeterminado, pues ignoramos la amplitud que puede alcanzar el inconsciente, así como la posible riqueza de sus contenidos. Sabemos que ciertos vestigios, de los que podríamos, a decir verdad, acordarnos, son inconscientes en nosotros, tales como las reminiscencias de la vida infantil, pues recordamos, sí, una multitud de incidentes de nuestra vida de niños, pero también olvidamos mucho: hasta la edad de cinco o seis años—y para ciertas personas hasta la edad de diez e incluso de quince años— la infancia está cubierta por una densa oscuridad.

Hay sujetos, como, por ejemplo, Spitteler, capaces de acordarse de sueños que se remontan a su segundo año; sin embargo, incluso cuando los recuerdos de la infancia se remontan a edades muy tempranas, los largos tramos de existencia vivida que se intercalan entre ellos han naufragado sin dejar rastros. La conciencia infantil, considerada retrospectivamente, se parece a un archipiélago de imágenes aisladas que emergen de las aguas.

Hay, también, en el hombre síntomas neuróticos que indican la presencia de contenidos inconscientes y que el sujeto no puede precisar ni definir. Es el trabajo de la psicología, nos ayuda a traer parte de los recuerdos del inconsciente al nuestro consciente, de la oscuridad a la luz para que permita sanarlos. Una invitación muy especial, si tienes las posibilidades económica que te permitan consultar un profesional en esta área (Psicología) y trabajar por tu ser con su orientación hazlo, no te arrepentirás, por el contrario  te sorprenderás del maravilloso mundo que entraras a descubrir.
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