¿QUE ESPERAR DE NUESTRO MUNDO?


La humanidad se halla en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero. El hombre con su inteligencia y su dinamismo los provoca; pero recaen luego sobre sí mismo, sobre sus juicios y deseos, sobre su modo de pensar y sobre su comportamiento. Tan es así esto, que se puede hablar de una verdadera metamorfosis social, cultural y religiosa.

Jamás la humanidad ha tenido a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria y son multitudes los que no saben leer ni escribir. Nunca se ha tenido un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica. Así, el mundo se encuentra hoy gravísimamente dividido por la presencia de fuerzas contrapuestas.

Mientras el hombre amplía extraordinariamente su poder, no siempre consigue someterlo a su servicio. Quiere conocer con profundidad creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida social, y duda sobre la orientación que a ésta se debe dar.

La propia historia está sometida a un proceso tal de aceleración, que apenas nos es posible seguirla. El género humano corre una misma suerte y se diversifica ya en varias historias dispersas. La humanidad pasa así de una concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva, de donde surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis.

Las relaciones humanas se multiplican sin cesar y el mismo tiempo la propia socialización crea nuevas relaciones, sin que ello promueva siempre, sin embargo, el adecuado proceso de maduración de la persona y las relaciones auténticamente personales.

Las nuevas condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por una parte, el espíritu crítico exige cada vez más una adhesión verdaderamente personal (Con el sí mismo) y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más vivo de lo divino. Por otra parte, numerosas personas cada vez se alejan prácticamente de la religión. La negación de Dios o de la religión no constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual.

Nacen también grandes discrepancias y discriminaciones raciales, sociales, de género, de condición económica, religiosas, culturales, etc., Todo ello alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los conflictos y las desgracias, de los que todos somos, a la vez, causantes y víctimas.

La mujer, allí donde todavía no lo ha logrado, reclama la igualdad de derecho y de hecho con el hombre. Los trabajadores y los agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario para la vida, sino que quieren participar activamente en la ordenación de la vida económica, social, política y cultural.

Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más profunda y más universal: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el mundo actual.

De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio.

Los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. El hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, el hombre constantemente hace lo que no quiere y deja muchas veces de hacer lo que verdaderamente quiere.

Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosas las personas que se plantean cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella?, ¿Cuál es el propósito de hombre? ¿Qué hay después de esta vida temporal?.

Mi invitación, para reconocer que bajo la superficie de todo lo cambiante que vemos hoy en el mundo, hay muchas cosas permanentes, que están fundamentadas en lo invisible “El Amor” y que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación.

(Este artículo anterior, incluye partes de la encíclica del concilio vaticano “GAUDIUM ET SPES” SOBRE LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL).

Les dejo finalmente, esta lectura que recibí de una excelente persona.

Una Tarjeta y una sorpresa:

“Un Joven universitario viajaba en el mismo asiento del transporte con un venerable anciano que iba rezando su rosario. El joven se atrevió a decirle: “¿Por qué en vez de rezar el rosario no se dedica a aprender e instruirse un poco más?. Yo le puedo enviar algún libro para que se instruya”

El anciano le dijo: “Le agradecería que me enviara el libro a esta dirección, y le entregó su tarjeta. En la tarjeta decía: Luis Pasteur, instituto de Ciencias de París. El universitario se quedó avergonzado. Había pretendido darle consejos al más famoso sabio de su tiempo, el inventor de las vacunas, estimado en todo el mundo y devoto del rosario”

frase de la semana:


Albert Einstein (1879- 1955), fundador de la física contemporánea (teoría de la relatividad y premio Nobel 1921):
“Todo aquel que está seriamente comprometido con el cultivo de la ciencia, llega a convencerse de que en todas las leyes del universo está manifiesto un espíritu infinitamente superior al hombre, y ante el cual, nosotros con nuestros poderes debemos sentirnos humildes”

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