HABLANDO SOBRE LA TEMPLANZA


La templanza es la virtud moral que regula la atracción por los placeres, y procura el equilibrio en el uso y disfrute de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad.

La templanza es considerada una virtud especial en la mayoría de las clasificaciones de la ética tradicional. Aristóteles se ocupa de ella explícitamente. Santo Tomás de Aquino la incluye como una de las cuatro virtudes morales cardinales, después de la prudencia, la justicia y la fortaleza; como toda virtud moral, se considera un justo medio entre dos extremos viciosos, en este caso la insensibilidad y la intemperancia.

La persona templada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar “para seguir la pasión de su corazón”. El cristianismo, al igual que la mayoría de las religiones y escuelas filosóficas, considera que la tendencia natural hacia el placer sensible que se observa en la comida, la bebida y el deleite sexual es en sí bueno, por ser la manifestación y el reflejo de fuerzas naturales muy potentes que actúan para la propia conservación, pero que corren el peligro de desordenarse y convertirse en energías destructoras.

La palabra templanza proviene del latín temperantia, en referencia a la moderación de la temperatura; en análogo sentido, el adjetivo templado se aplica al medio entre lo cálido y lo frío, y también a lo que mantiene cierto tipo de equilibrio, cohesión o armonía interna. De aquí también el adjetivo destemplado, como descompuesto o desarreglado, sin moderación o equilibrio.

La templanza es, sin lugar a dudas, encierra una gran sabiduría y una  gran belleza. Su significado primordial viene a ser, básicamente, el de equilibrio; o sea: discernimiento personal y justeza de ideas.

En este querido blog hemos hablado repetidamente sobre el mundo de la dualidad; toda existencia está dada por la interacción de esencias opuestas. Ahora bien, muchas veces esa interacción es de carácter tenso y, acaso, violento. Uno se enfrenta permanentemente a la disyuntiva de tener que elegir, según parece, entre dos extremos.

De esta forma venimos a considerar que la vida es una cuestión de elecciones unilaterales; que si elegimos una cosa tendremos que descartar, entonces, del todo la otra; que si elegimos el día no tendremos la noche, que en tanto elijamos la noche renunciaremos al día. Pero ¿cuántas veces hemos visto a la luna y al sol brillar a la par en el mismo cielo? Y es cierto que si el día estaba llegando, entonces, la noche se estaba yendo. Sin embargo el sol y la luna estaban allí, coexistiendo en perfecta armonía.

La templanza viene a reivindicar, en cierto sentido hace referencia al significado de La justicia; no se trata de elegir constantemente entre dos extremos; se trata de saber encontrar el justo equilibrio entre ambos.

Aunque si es una inapelable verdad que toda existencia está condenada a experimentar, en cierto sentido, una tensión de opuestos, eso no quiere venir a decir, de ninguna manera, que las cosas tengan que ser una permanente guerra de contrapartes; todo lo contrario: no hay existencia que esté hecha de una sola de las dos esencias. Existir, significa, en cierto modo, tener cierto tipo de equilibrio.

Cuando el equilibrio desaparece por completo (porque pasa a predominar definitivamente una de las esencias), entonces dicha existencia deja de ser un hecho: ya no puede existir más. Es, en realidad, lo que ocurre -por solo dar un ejemplo- con nuestra vida; nosotros vivimos mientras existe equilibrio entre nuestra vida y nuestra muerte; en el momento en que alguna de las dos cosas pasa a imperar, definitivamente, por sobre la otra, nuestra existencia deja de ser un hecho; o bien porque nunca hay posibilidad de vivir sin, a la vez, estar muriendo, o bien porque no existe muerte allí donde tampoco existe vida. Es, en el fondo, como esa bellísima sabiduría china (entre otras tantas posibilidades de filosofías dualistas) que es el Ying y el Yang.

Así que La templanza nos alienta a saber fusionar las cosas; a entender que el mayor poder que tenemos es, en realidad, ese poder de la conciencia, que permite unir en ella (de manera sabia y equilibrada) los dos extremos más apartados. Es un poco, como el valor principal de la ética aristotélica: dados dos extremos siempre será mejor tratar de hallarse en el medio. Solo aquellos que entiendan correctamente el mensaje de La templanza sabrán alcanzar la capacidad que se necesita para poder cumplir esta hermosa, pero dificilísima, regla.

Debemos tener cuidado de estar demasiado fanatizados con tal o cual opinión unilateral. Que nos hace olvidar de que todo extremo es siempre, en realidad, un error. Es necesario aprender a tomarse las cosas con el tiempo justo; esto es: ni más rápido ni más despacio de lo que cada cosa verdaderamente precisa; el que sabe ir a buen tiempo rara vez se equivoca. Es como la buena interpretación de las partituras musicales: de nada sirve saber tocar las notas si no se puede, a la vez, hacerlas sonar a tiempo.

Olvidemos, entonces, la permanente necesidad de estar saltando de un extremo a otro; ha llegado la hora de entender que en los dos polos hace, igualmente, muchísimo frío. No será la extrema derecha o la extrema izquierda, tampoco el bien puro, o la pura maldad. Equilibrio y discernimiento; esa es la verdadera clave de la sabiduría. Eso es lo que, en verdad, está tratando de enseñarnos La templanza.
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