AFORTUNADO ENCUENTRO CON EL MENTOR


Dionisio el dios más joven y desenfadado se incorporó al selecto grupo de los Olímpicos en épocas más recientes. Es el dios de la vid y de la yedra, del delirio, del entusiasmo, del éxtasis, de la danza, de la tragedia y de las fiestas. Dos veces nacido (de su madre, Sémele, y del muslo de su padre, Zeus) fue criado por el deforme Sileno.

Los romanos le llamaron Liber: liberador de penas y de prejuicios. Armado con el nada belicoso tirso, su culto conquista Grecia y las tierras de Asia hasta la India, precediendo a Alejandro Magno.  Dios del vino y de la inspiración, era festejado mediante grandes procesiones de los genios de la Tierra y la fecundidad: los llamados Misterios de Dionisio.

Dentro de las historias de este dios, se cuentas algunas, como cuando siendo un hombre joven, excepcionalmente atractivo. Una vez, disfrazado como un mortal sentado junto a la orilla del mar, fue visto por unos pocos marineros, que creyeron que era un príncipe. Intentaron secuestrarle y llevarle lejos para venderlo como esclavo o pedir un rescate. Probaron a atarle con cuerdas, pero ninguna podía sujetarlo. Dionisio se convirtió en un fiero león y soltó un oso a bordo, matando a todos los que entraron en contacto con él. Los que saltaron por la borda fueron transformados compasivamente en delfines.  El único superviviente fue Acetes, el timonel, que reconoció al dios e intentó detener a sus marineros desde el principio.

En una historia parecida a la anterior,  Dionisio deseaba navegar desde Icaria hasta Naxos, así que alquiló un barco pirata tirrenio. Pero cuando el dios estuvo a bordo, no navegaron hacia Naxos sino hasta Asia, con la intención de venderlo como esclavo. Por esto Dionisio transformó el mástil y los remos en serpientes, y llenó la nave de hiedra y del sonido de flautas, de forma que los marineros enloquecieron y saltaron al mar, donde fueron transformados en delfines.

Pero que tiene que ver lo anterior con el tema de esta semana, bastante ya  quiero retomar en términos  mitológicos como los peces, las serpientes y el agua  tienen un vinculo con un arquetipo de nuestra humanidad; aquel  al que le han  dado algunos el nombre del “Mentor”, este arquetipo nos lleva en un momento de nuestra vida a la Fuente Sagrada, al agua.

Nos enteramos de que en aquella fuente hay peces y serpientes de oro. En términos mitológicos, ésta es la vieja fuente sagrada custodiada por el Hombre Primitivo, y a veces, también, por la Mujer Primitiva. Si se mancilla la fuente, dicen los viejos sabios celtas, todo muere en la tierra. De modo que el agua es un lugar importante. Es un lugar tradicional para la meditación del mentor, y sabemos por la Vita Merlini que Merlín meditaba allí durante su locura. Eran también lugares a los que la gente común acudía en busca de inspiración, alimento espiritual y sabiduría.

En el plano psicológico, ésta es el agua de la vida espiritual, pero sólo para los que están preparados para sumergirse en ella. Donde se generan procesos de iniciación. Dice Mircea Elia de sobre la iniciación masculina: «La iniciación de la pubertad representa, más que nada, la revelación de lo sagrado, [...] antes de la iniciación, los jóvenes no participan totalmente de la condición humana, precisamente porque aún no tienen acceso a la vida religiosa.»

Religión, aquí, no quiere decir doctrina, piedad, pureza, fe, creencia o mi vida entregada a Dios. Quiere decir la disposición a ser un pez en el agua sagrada, a dejarse pescar por Dionisio o por alguno de los otros pescadores, a inclinar la cabeza y aceptar consejos de los propios sueños, a vivir una vida secreta, a rezar en un armario, a ser humilde, a alimentarse de sufrimiento de la misma forma en que el pez traga agua y vive. Supone ser al mismo tiempo pez y pescador, no ser herida sino asunción de la herida. Ser un pez significa ser activo; no con coches o balones, sino con el alma.

Que un Mentor nos conduzca al agua supone el final del encantamiento, un encantamiento que se ha dado cuando en nuestra niñez  por algún motivo hemos vivido experiencias dolorosas y las hemos transformado en «negación». Negación quiere decir amnesia, olvido. Cuando se está avergonzado, una ola de olvido barre al niño. Un niño sufre un abuso sexual a los cuatro años y se olvida por completo del hecho hasta que cumple los treinta y ocho y no hay culpa para el olvido. La negación significa que hemos sido encantados; vivimos durante años en trance. El agua de la fuente sagrada no cura por sí misma la herida que permitió la huida o el olvido; pero da fuerzas a la parte de nosotros que quiere continuar el esfuerzo para ganar valor y ser humanos.

Hasta aquí lo referente al modo mitológico de ver las cosas. En términos psicológicos, diferentes  historias nos  dicen que cuando estamos en presencia, bien de un mentor, bien del Hombre Primitivo, intuimos dónde yace nuestro genio.

Creo que podemos considerar la terapia, cuando es buena, como una espera junto a la fuente. Cada vez que metemos nuestra herida en esas aguas, nos nutrimos y recibimos fuerzas para continuar el proceso. La iniciación, pues, no supone remontar la herida ni permanecer paralizados en su interior; el proceso consiste en saber cómo y cuándo sumergirla en el agua en presencia del mentor.

La herida es un regalo que duele tanto que «sin querer» la metemos al agua. Los que no tienen heridas son los más desgraciados (Claro que es mejor no pensar en ello, porque semejantes personas no existen). Cuando somos niños, se nos enseña sobre todo a los hombres una y otra vez que una herida que duele es motivo de vergüenza. Una herida que impide seguir jugando es una herida de niña. Un verdadero hombre sigue caminando, aunque se arrastre del dolor.

En este artículo la enseñanza es diametralmente opuesta. Pues nos dice que donde está la herida de un hombre es donde se encuentra su genio. Sea donde sea que aparezca la herida en nuestra psique; provenga de un padre alcohólico, una madre o un padre humillantes, o de una madre abusiva; proceda del aislamiento, de la invalidez o de la enfermedad, ése es precisamente el lugar desde el que daremos nuestro principal regalo a la comunidad. Sin lugar a dudas, el mejor regalo del artista noruego Eduard Munch fue a partir de su paralizante ansiedad. Lo mismo puede decirse de Franz Kafka, Charles Dickens, Emily Dickinson, Anna Ajmátova, César Vallejo, entre otros.

La herida donde reside nuestro genio, es así mismo donde sumergimos el dedo y se convierte en oro. A veces, en una relación amorosa, y si somos esos amantes, podemos llegar a sentir cómo se convierten en oro ciertas células del cuerpo que creíamos estaban hechas enteramente de plomo. Los amantes y los santos sienten que tienen los dedos de oro; durante días o meses, pueden sentirse libres de los límites convencionales.

Un artista siente una extraña intensidad cuando trabaja en un objeto de arte: un poema, una pintura o una escultura; cabe decir que la fuente sagrada está allí mismo, en el estudio; los pensamientos y sentimientos del artista son mucho más salvajes que los que experimenta en días convencionales. Los dedos que sostienen el pincel o el lápiz se vuelven de oro, y de pronto vemos imágenes sorprendentes y comprendemos en qué somos realmente buenos.

Aquí, el Mentor equivale a una presencia invisible, la compañía de los ancestros y los grandes artistas entre los muertos. Un poema de amor o un poema de meditación extática es una manera ingeniosa de preservar el recuerdo del momento en que el dedo se vuelve de oro.

La joven corredora cruza la línea de meta en presencia de su entrenador: los dedos de sus pies son de oro. El físico que trabaja con su mentor en la Universidad  escribe de pronto una ecuación en la pizarra con su tiza de oro. Los buenos jardineros tienen pulgares dorados, y no verdes; y a veces el mentor o maestro que está sentado con un discípulo se sumerge en agua espiritual y su lengua se vuelve de oro.

Cuando el Mentor nos lleva al  agua, la energía del sol penetra de alguna forma el cuerpo del iniciado. La historia en la cual baso este articulo “Juan de Hierro” lo relata de la siguiente manera:

Sin querer metió el dedo en el agua. Lo sacó en seguida, pero vio que el este se le había vuelto dorado. En todas partes el oro simboliza la gloria del sol, el poder real, el resplandor propio, la inmunidad ante la corrupción, la inmortalidad, la luminosidad espiritual, y es ese oro el que ha impregnado el dedo del iniciado. Preparando la sorpresa del dedo dorado, el Hombre Primitivo, que aquí actúa como guía espiritual, hace la promesa.

La promesa es el redescubrimiento, cabe decir, de un oro que siempre estuvo allí. Lo hemos acumulado laboriosamente, mediante el esfuerzo en la escuela de la vida, una historia de energía solar en el depósito del alma. El oro estaba en nosotros cuando crecíamos ya en el útero.

Recordemos finalmente las palabras introductorias de este Blog: “Cada día cobra más importancia para mi volcar todas mis energías hacia el corazón, hoy sé cuál es el camino, sé que Dios está allí esperándome y guiándome, porque soy su hijo "Todos somos sus hijos", hijos de la Luz”. Así que empezar procesos de iniciación y recibir el premio final del que aún no hemos hablado, por lo menos en este artículo y que es nuestro derecho; un derecho que requiere trabajo y esfuerzo por integrar nuestra “Unidad”, nuestro ser.
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